MUNDO IMPRO. Aquí y ahora: Mindfulness e impro


Este artículo, publicado originalmente en la web Mundo Impro, explora la utilidad de esta técnica milenaria.
Vivimos en la era digital, una época de bombardeo incesante de información, donde a cada minuto, casi segundo, recibimos nuevos inputs en nuestros teléfonos móviles, en forma de mensajes, anuncios, memes… Y lo peor (hablo desde la experiencia sin temor a reconocerlo) es que cuesta ser inmune frente a tantos estímulos. Pretendemos llegar a todo, manifestar nuestro estado de atención hacia los demás, contestando casi de forma inmediata, a través de una falsa conciencia de la temporalidad. Como si nos preocupara quedarnos fuera de juego de esa realidad virtual que nos persigue constantemente.

Ante un mal endémico de este siglo, surge una corriente llamada Mindfulness, una disciplina de origen budista de unos 2500 años de antigüedad, y que irrumpe en Occidente hace unos 30 años, dentro de la psicología para tratar problemas de estrés y dolor crónico.

No soy un especialista de esta materia, ni mucho menos, pero sí puedo hablar de la experiencia de varios cursos y entrenamientos, con el objeto de trabajar la atención plena, término por el que se conoce la práctica del Mindfulness en nuestro idioma.

¿Qué es el Mindfulness? ¿Porque tiene tanta trascendencia y ha irrumpido con tanta fuerza en estos últimos años? ¿Qué tiene de particular con respecto a otras corrientes más convencionales, como el yoga o la meditación?

El Mindfulness trabaja desde el convencimiento de que el cerebro no es multitarea, y que en la medida que focalicemos adecuadamente nuestra atención y nuestra energía en la actividad que estemos realizando, disfrutaremos más, siendo más conscientes de cada instante, alejando pensamientos perturbadores y distracciones que nos limitan, que actúan como mecanismos interpretadores de la realidad, y no como la realidad en sí misma.

Parece fácil, leído, pero doy fe de que adentrarse en esta disciplina es un camino arduo, de mucho trabajo personal, de cambiar hábitos, de pasar a sentir el cuerpo en lugar de vivir en la cabeza.

El Mindfulness no pretende alejarnos de la razón y de los pensamientos. Sería ilógico huir del instrumento evolutivo por excelencia, que nos diferencia del puro instinto animal. Sin embargo, una mente divagadora, o excesivamente rumiante como apelan los psicólogos, nos empuja al abismo de la inconsciencia, de la atemporalidad, de estar presente en cuerpo pero no en mente, de vivir en dos mundos distintos, al mismo tiempo, perdiéndonos la esencia de lo que está ocurriendo aquí y ahora.

Suelo ser muy cauto con la interpretación de corrientes como Estas. A veces corremos el riesgo de extremar las ideas que se transmiten como actitudes favorables de vida.

Pongo un ejemplo. Un compañero de uno de los cursos a los que he asistido aludía sobre la imposibilidad de no atender a las interrupciones del trabajo, e incluso se indignaba un poco con el profesor, apelando que “esto de la atención plena está muy bien, pero si el jefe te llama qué vas a hacer”.  “No has entendido nada”, le manifestó con una actitud de poderosa calma y asertividad, el maestro.

En la vida real, las interrupciones y las distracciones, están ahí, y no se trata de esquivarlas, mucho menos en el ámbito laboral. Pero sí que, tras un trabajo de aceptación y conciencia, uno está más preparado para manejar los cambios de estado y no dejarse influir por el ánimo que puedan ocasionarle dichos trastornos.

En otros ámbitos más convencionales, se puede evidenciar mucho mejor. Hace un año fui padre de un niño precioso, y desde el primer minuto de su vida, me propuse exprimir cada instante a su lado, trabajando la atención plena en cada momento que estuviera junto a él. Teóricamente no hay nada que me pueda perturbar cuando juego con mi hijo, pero no siempre es fácil. Uno se deja arrastrar por los pensamientos de pasado y futuro, inquieto por lo que tiene que hacer o debiera haber hecho, mientras tu bebé, de un año de vida, te enseña paradójicamente a vivir la atención plena, preocupándose, o mejor dicho ocupándose, exclusivamente de apilar una caja encima de otra, o de meter una pelota en un cubilete.

No voy a profundizar en las propuestas de ejercitación que propone el Mindfulness. Sería objeto de muchos más artículos, y por supuesto de formación y entrenamiento. Sí que puedo decir para los que no han experimentado nada de esta disciplina, que se trabaja mucho a partir de la respiración y la conciencia corporal, incidiendo además en la importancia de vivir acontecimientos convencionales como ducharse o conducir, con una atención mucho más consciente, tratando de esquivar los distractores que nos llevan a otras esferas de la realidad.

¿Y qué tiene que ver el Mindfulness con la impro? Amigo improvisador, estoy convencido de que sin escribir las siguientes líneas, has identificado mi analogía perfectamente.

Mihaly Csikszentmihalyi, catedrático en neurociencias de la Universidad de Stanford, habla del término “estado de flujo” como una manifestación de la felicidad. Se relaciona con la atención plena en una actividad específica y permite al individuo tomar conciencia absoluta de su dedicación, sin dejar entrada a pensamientos ajenos o distracciones de la única realidad que importa, la actual. Según Csikszentmihalyi, “tener objetivos claros, poder gestionarlos y recibir un feedback es clave para fluir”.

Creo que no había tomado conciencia de que la impro podía generar en mí atención plena, pero cuando comencé a relacionarme con la práctica del Mindfulness entendí que era relativamente fácil poder llegar a fluir en algún momento.

De lo que hablo es de cómo la impro me ha permitido canalizar toda mi energía, mis emociones, y mi atención hacia una única actividad. Me refiero al trabajo de percepción y de escucha, del estado de alerta máximo para poder actuar y replicar al compañero, de aprovechar el error y reorientarlo en el momento, no extrapolarlo más allá del escenario.

Aunque un estado de flujo puede ser habitual en muchas otras actividades relacionadas con el ocio, en mi caso, vivo con ilusión cada minuto de impro, es mi pasión y trato de dignificarla como herramienta válida para el desarrollo personal y profesional.

En esta época que nos ha tocado vivir de “distracción plena”, debemos valorar profundamente la importancia de atender al presente. Desarrollar actividades que nos hacen fluir porque implican un estado de percepción total. Esto además nos ayuda a estar más presentes en otras esferas vitales.

Lograrlo no es fácil, pero en el camino encontramos herramientas como la aceptación, que nos ayudan a sobreponernos y a no enjuiciarnos excesivamente.

Yo, por ejemplo, estoy en el camino de aceptarme como improvisador, tratando de dejar a un lado los anhelos imposibles, reconociendo los errores y premiando las virtudes.

Porque tú y sólo tú eres el juez que dictamina que tu interpretación de la realidad sea la justa, sin castigarte inmerecidamente. No lo olvides.

Fuente: 

http://mundoimpro.com/impro-atencion-plena/

Publicada en Status Nº 71 (Mayo de 2017)